Capas, herramientas y emancipación colectiva: reflexiones desde la arqueología de la técnica hasta el extractivismo de plataforma

Una visita que recomendaría a cualquier persona interesada por el desarrollo de la técnica y la tecnología es el yacimiento arqueológico de Atapuerca. Creo que nadie queda indiferente al salir de ahí, y una de las cosas que más me llamó la atención (curiosamente) es la frase que resume la experimentación arqueológica en el CARex (Centro de Arqueología Experimental): «permite comprender cómo se desarrollaron en el pasado técnicas de fabricación y uso de herramientas, recipientes, tejidos, adornos y cabañas».

Conocer la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno, lo creamos y producimos, y nos comunicamos a través de él se convierte en una necesidad si lo que pretendemos es ahondar en nuestra constitución societaria. Esa frase del CARex no habla solo de pasado: habla del presente. Cada smartphone, cada algoritmo de recomendación, cada cable de fibra óptica enterrado en el lecho oceánico es una técnica de fabricación y uso de herramientas para comunicarnos. La diferencia entre nuestros ancestros de Atapuerca y nosotros no radica en que ellos usaban técnica y nosotros no, sino que nosotros hemos dejado de ver la técnica que usamos.

La megamáquina no es algo nuevo

Lewis Mumford describió en El mito de la máquina (2010) cómo las grandes obras de la antigüedad (como las pirámides egipcias o los sistemas de irrigación mesopotámicos) no fueron el producto de una tecnología superior, sino de una nueva organización social que incorporaba cuerpos, instrumentos y relaciones de poder en una única entidad coordinada: la megamáquina. La lección decisiva de Mumford es que la máquina más extraordinaria que ha inventado el ser humano es la propia organización social. Esta intuición resuena hoy con una precisión incómoda.

Por otro lado, Kate Crawford y Vladan Joler, en Calculating Empires: A Genealogy of Technology and Power Since 1500 (2023), cartografían con detalle la continuidad histórica de esa megamáquina: desde los primeros sistemas de comunicación colonial hasta las infraestructuras computacionales del presente, el mismo patrón de control, clasificación y extracción se reproduce a escalas cada vez mayores. El mapa no es una metáfora: es literalmente un atlas de poder que muestra cómo los dispositivos de comunicación, los algoritmos, las fronteras, la vigilancia biométrica y el extractivismo energético constituyen un sistema único e históricamente continuo.

Esta perspectiva genealógica obliga a abandonar la comodidad de pensar que el problema de la comunicación digital es nuevo. Jacques Ellul ya advertía en los años cincuenta del siglo XX que la técnica no era simplemente un conjunto de herramientas, sino un sistema autónomo con sus propias leyes de movimiento, un entorno que “dicta nuestras acciones sin que apenas lo notemos” (Girondin, 2024). El problema que Ellul identificaba no era la máquina de vapor ni el automóvil: era la eficiencia técnica como valor supremo, ese imperativo por el cual cualquier medio se justifica si maximiza el rendimiento. Lo que ha cambiado desde Ellul no es la lógica: es la velocidad, la escala y la invisibilidad con que esa lógica penetra en la vida cotidiana. Hoy a esa eficiencia técnica la llamamos engagement, tiempo de atención, tasa de conversión.

La cueva de Platón tiene interfaz

Vladan Joler, en su proyecto New Extractivism (extractivism.online, 2020), ofrece quizás la imagen más poderosa disponible para pensar la situación comunicacional actual. La plataforma digital no es un espacio neutro de intercambio: es una cueva de sombras con arquitectura de panóptico y función de fábrica. El usuario es un prisionero, trabajador, producto y recurso simultáneamente (la lógica de emplazamiento Gestell que avisaba Heidegger) que genera valor con cada scroll, cada like, cada segundo de atención. Los muros de la cueva están construidos con capas de código cerrado, secretos corporativos, patentes y derechos de propiedad intelectual. La interfaz es tanto una herramienta como un marco discursivo que define lo que puede y no puede decirse, verse, existir.

Esta arquitectura produce lo que Joler llama, après Deleuze, el dividual: la descomposición del individuo en huellas numéricas, vectores estadísticos, patrones de comportamiento que los algoritmos administran como datos. Ya no somos sujetos con historia: somos perfiles multidimensionales en constante actualización. Shoshana Zuboff lo formula de otro modo: «estas operaciones de secreto por diseño nos convierten en exiliados de nuestro propio comportamiento, negándonos el acceso o el control sobre el conocimiento derivado de nuestra experiencia» (Zuboff, 2019). El sujeto emancipado que la Ilustración imaginó se ha fragmentado en millones de dividuals que alimentan, sin saberlo, la megamáquina digital.

La gravedad de las plataformas agrava el problema. Como señala Joler siguiendo a la artista Louise Drulhe, los grandes monopolios digitales funcionan como agujeros negros: su masa (medida en usuarios, contenidos y capital) curva el espacio-tiempo de la red de tal forma que «renunciar a ello es, en esencia, una fantasía» (Brunton y Nissenbaum, 2015). El coste social de desconectarse se ha vuelto tan alto que la salida es un privilegio de clase. Esto no es una metáfora sino una descripción precisa de las relaciones de poder que estructuran la comunicación contemporánea.

Capas que no vemos: del litio a la atención

Kate Crawford, en Atlas de IA (2023), despliega esta estructura en una cartografía de costes invisibles. La inteligencia artificial no es artificial ni inteligente, afirma Crawford, existe de forma corpórea, como algo material, hecho de recursos naturales, combustible, mano de obra, infraestructuras, logística, historias y clasificaciones. Cada dispositivo que usamos para comunicarnos arrastra capas de extracción que no aparecen en la pantalla: minas de litio en el Salar de Atacama, trabajadores de trabajo fantasma que etiquetan imágenes por céntimos, vertederos electrónicos en Ghana donde los desechos del Norte Global se acumulan en suelos contaminados para siempre. La explicación de Crawford podría haberse escrito en clave de Atapuerca: comprender cómo se fabrica y usa la herramienta comunicacional del presente requiere rastrear sus cadenas de suministro hasta la litosfera.

Tiziana Terranova (2000) ya anticipaba esta lógica extractiva cuando describía el free labor digital, ese trabajo inmaterial que los usuarios ofrecen voluntariamente como es construir sitios web, participar en foros, crear contenido. Todo ello “simultánea y voluntariamente dado y no remunerado, disfrutado y explotado”. Lo que entonces parecía una anomalía de los primeros años de la web es hoy la norma estructural de toda la economía de plataformas. Joler lo extiende a su conclusión lógica: incluso nuestra respiración, nuestros latidos, la temperatura de nuestro cuerpo pueden producir plusvalía comportamental si son capturados por el aparato de vigilancia. La extracción alcanza la profundidad del organismo.

El conocimiento de las capas como condición de posibilidad

Boaventura de Sousa Santos (2006) propone que la emancipación no puede venir del mismo tipo de racionalidad que produce lo que es criticable. Necesitamos, dice, una ecología de saberes que reconozca la pluralidad de formas de conocer y que resista la recodificación del conocimiento emancipador en términos del conocimiento-regulación dominante. En el contexto de las capas digitales, esto tiene una traducción práctica: no basta con usar críticamente las plataformas desde dentro de su lógica. Es necesario conocer las capas (técnicas, materiales, laborales, ecológicas, políticas) que las constituyen y que permanecen invisibles para el usuario medio.

Benjamin Bratton, con su modelo del Stack (2015), ofrece precisamente esa cartografía de capas. La Earth, la Cloud, la City, el Address, la Interface, el User: seis niveles interdependientes que conforman una megaestructura accidental. Lo más importante de Bratton para la pregunta por la emancipación es que la megamáquina del presente no fue diseñada con intención de dominar sino que surgió de interacciones técnicas y económicas no planificadas, pero produce relaciones de poder tan reales como si lo hubiera sido. Si el Stack es accidental, su transformación puede ser deliberada; pero no puede ser deliberada sin ser conocida. Aquí es donde la pregunta filosófica y la pregunta comunicacional se funden.

Marina Garcés recuerda que emanciparse no significa solo atreverse a saber, en el sentido kantiano, sino poder participar en la disputa sobre quién puede saber qué, desde dónde se otorga validez a nuestros saberes y qué consecuencias tienen sobre cómo vivimos (Garcés, 2019). Las tres preguntas de Garcés (el quién, el desde dónde, el cómo) son exactamente las preguntas que el diseño de las plataformas está estructuralmente orientado a suprimir. Las interfaces están hechas para que no nos las hagamos.

Una emancipación que sólo puede ser colectiva

El nudo argumental de estas reflexiones desemboca en una convicción que conviene formular con precisión: la emancipación en la sociedad informacional no puede ser individual. No porque el individuo no importe, sino porque la estructura que hace posible la dominación es, por definición, colectiva. El capitalismo de vigilancia que describe Zuboff, el extractivismo de plataforma que cartografía Joler, la megamáquina que genealogiza Mumford: ninguno de estos sistemas actúa sobre individuos aislados. Actúan sobre sociedades, sobre flujos de comportamiento, sobre cuerpos en red.

Marta Peirano (2019) advierte que el estado de atención fragmentada y “catalepsia similar a la hipnosis” en que las plataformas mantienen a sus usuarios es precisamente el estado en que la crítica individual resulta más difícil y más inútil. La indignación personal alimenta el algoritmo; el descontento privado no transforma nada. Lo que se necesita no es pensamiento crítico entendido como capacidad individual de denuncia (el capitalismo ya ha incorporado y vendido esa capacidad), sino un pensamiento colectivo capaz de actuar sobre las estructuras que producen la dominación.

Sousa Santos lo llama democracia de alta intensidad; Garcés, la disputa sobre lo humano desde la reciprocidad; Terranova, el reconocimiento del carácter colectivo e indivisible del trabajo inmaterial. El hilo que une estas propuestas es esa comprensión cosmotécnica de la emancipación que plantea Yuk Hui (2020): no existe una sola forma de relacionarse técnicamente con el mundo, sino múltiples, situadas en territorios concretos, en comunidades concretas, en historias concretas. Lo local (el saber situado, la herramienta apropiada al contexto, la tecnología que responde a necesidades reales de personas reales) y lo moral (la dimensión colectiva, la responsabilidad hacia los demás, la solidaridad como condición de posibilidad) son el fundamento de cualquier mediación técnica que merezca llamarse emancipadora.

Solo conociendo las capas, desde el litio que hace funcionar el dispositivo hasta el algoritmo que organiza lo que vemos; desde la historia colonial que estructura las cadenas de suministro hasta la arquitectura de interfaz que condiciona lo que podemos decir; es posible imaginar, y luego construir, otra relación con las herramientas con las que hoy nos comunicamos. No como acto de renuncia ni como gesto heroico de desconexión, sino como ejercicio sostenido y colectivo de imaginación epistémica: la misma imaginación que en Atapuerca permitió a seres humanos transformar un trozo de sílex en la posibilidad de un mundo diferente.

Bibliografía

  • Bratton, B. H. (2015). The Stack: On Software and Sovereignty. MIT Press. Crawford, K. (2023). Atlas de IA: Poder, política y costes planetarios de la inteligencia artificial. NED Ediciones.
  • Brunton, Finn and Nissenbaum, Helen. (2015). Obfuscation: A User’s Guide for Privacy and Protest.
  • Crawford, K., & Joler, V. (2023). Calculating Empires: A Genealogy of Technology and Power since 1500. https://calculatingempires.net
  • Garcés, M. (2019). Humanidades en acción. Rayo Verde Editorial.
  • Girondin, M. (2024, agosto 7). El pensamiento filosófico de Jacques Ellul sobre la técnica y la sociedad. https://atlangue.com/pensamiento-filosofico-jacques-ellul-tecnica-sociedad/
  • Hui, Y. (with Lima, T.). (2020). Fragmentar el futuro: Ensayos sobre tecnodiversidad. Caja Negra.
  • Joler, V. (2020). New Extractivism. New Extractivism. https://extractivism.online/
  • Mumford, L. (2010). El mito de la máquina: Técnica y evolución humana. Pepitas de calabaza.
  • Peirano, M. (2019). El Enemigo Conoce el Sistema. (Cap. 1 – Adicción). Debate.
  • de Sousa Santos, Boaventura. (2006). Capítulo II. Una nueva cultura política emancipatoria. En publicación: Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires).
  • Terranova, T. (2000). Free Labor: Producing Culture for the Digital Economy. Social Text 18, 2(63), 33-58.
  • Zuboff, S. (2019, Enero). Surveillance Capitalism and the Challenge of Collective Action. En: New labor forum (Vol. 28, No. 1, pp. 10-29). Sage CA: Los Angeles, CA: SAGE Publications.

Comentarios

2 comentarios en «Capas, herramientas y emancipación colectiva: reflexiones desde la arqueología de la técnica hasta el extractivismo de plataforma»

  1. ¿Es posible cambiar una cultura muy subordinada a una tecnología?

    Sí, pero no de la manera que imaginamos. La cultura no cambia por convicción intelectual ni por decisión voluntaria. Cambia cuando cambian las condiciones materiales que la sostienen, cuando aparece una crisis que hace insostenible lo anterior, o cuando una práctica alternativa crea sus propios hábitos.

    Lo que hace especialmente difícil este caso es que las plataformas no solo han creado hábitos externos sino que han reconfigurado procesos internos: la capacidad de atención sostenida, la tolerancia a la incertidumbre, la habilidad de estar sin estímulo, la forma de construir la identidad a través de la mirada de los demás. Cambiar eso no es un acto de voluntad. Es un proceso lento, con recaídas, que requiere entornos que sostengan el cambio.

    Sin embargo, la historia da razones para no ser pesimistas. Las culturas subordinadas a una tecnología han cambiado antes: la cultura oral con la escritura, el manuscrito con la imprenta, la televisión pasiva con nuevas formas de uso del tiempo. Ningún cambio fue limpio ni total, pero ocurrieron. Y lo que los hizo posibles no fue la crítica sino la práctica sostenida de otra cosa.

    Las condiciones que hacen posible el cambio podrían ser: experiencias concretas de una forma diferente de relacionarse que sean suficientemente satisfactorias para crear nuevos hábitos, comunidades que sostengan esas experiencias en el tiempo, y crisis del sistema dominante que abran grietas por donde entre lo nuevo.

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    • Me gusta mucho tu comentario Joan. Creo que en esas condiciones que planteas al final se condensa la experiencia de los hacklabs y laboratorios de experimentación. La mayor complicación es lo “suficientemente satisfactorio para crear nuevos hábitos” ya que desde un paradigma de realismo capitalista esa suficiencia satisfactorio está coptada por lógicas que impiden nuevos hábitos. Hay que seguir rebuscando en la Historia, hay muchas vidas no vividas pendientes de ser rescatadas.

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